Ayer estuve un rato en la normal celebrando la paranoia del poder (y de verdad que lo estaba celebrando), viendo a decenas de trabajadores que no sabían bien a bien qué iba a pasar en el epílogo de un proceso que de democrático tuvo sólo el discurso. En esas estaba cuando abruptamente hizo su irrupción en la charla y guazanga una compañera decuyonombrenoestoydispuestoaacordarme para increparme con toda la rabia de sus vísceras: "¿y por qué no hiciste tu propia planilla en vez de estarte riendo?"
Claro que no quise entrar en polémica con una persona que en otras circunstancias había llegado a despertar mi afecto y mi simpatía. Menos ante la pobre lectura que hizo de mis actos, por muchas razones: la broma no era con ella, yo no simpatizo con ninguna "planilla", y en todo caso sería una estupidez pretender participar en un juego democrático en un ambiente donde tal situación es imposible.
No. Lo siento, pero no estoy dispuesto a hacerla de patiño en un tongo donde los dados están cargados con mucha anticipación. Y aunque creo que muchos aspirantes a verdugos se quedaron con ganas de hacer correr sangre, estoy harto convencido de que ya encontrarán suficientes víctimas entre sus propios aliados.
Lo que no entendió mi iracunda colega es que su actitud valida mi crítica a los procedimientos, pues pone en evidencia lo que tanto he señalado: no hay tolerancia, no hay democracia, no hay espíritu de apertura. Lo que ella no sabe es que tengo más amigos al interior de ese grupo que tan orgullosamente llama "nuestra planilla" (¡Era "LA planilla"; la única!) que fuera de ella, y la mayoría de ellos están conscientes de mi rechazo a los procedimientos políticos institucionalizados en la ENS. Y mi perspectiva no va a cambiar sólo porque ahora sienta simpatía personal por quienes están ahí, pues la ética no puede quedar supeditada al nivel de beneficio que obtenemos de los actos: ética y afecto son dos dimensiones bien diferenciadas de la sociedad contemporánea; lo contrario conlleva matices de retraso sociocultural.
En el fondo, sin embargo, conservo un alto grado de optimismo sobre el futuro, pues comparto la visión vigotskyana de que la solución a la crisis se engendra en la crisis misma, en la medida en que seamos capaces de identificarla como un fenómeno positivo. Rechazo, en cambio, la idea de que basta sentarse a ver las cosas pasar para que las transformaciones ocurran. En este momento hay demasiadas personas que sienten un alto nivel de gratificación en torno al estado de las cosas, independientemente de los logros reales en términos de progreso social o cultural; sumarse a dicha perspectiva no hace más que agregar tiempo a la disolución de la crisis que enfrenta actualmente nuestro pequeño pero complejo sistema. Alguien tiene que señalar los excesos.
Afirmó Ramos Lozano, refiriéndose al asunto del ISSTELEON, que "Mantenerse en posiciones cerradas y pretender humillar la dignidad del maestro, conduce, necesariamente, a un mal fin".
¿Por qué habría de ser diferente ahora?
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jueves, 26 de febrero de 2009
lunes, 2 de febrero de 2009
Toto, presiento que ya no estamos en Kansas.
Y hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano, bailan y se dan la mano sin importarles la facha...
Estos son días para la conformidad.
Caminante, caminante, tú que escuchas mi cantar; deja el odio y ven conmigo...
No. No es Navidad.
Tú que recuerdas, quizá, a mi madre o a un amigo que ya no está, quiero que sepas que esta noche él te acompañará...
Es época de fraternidad.
Tú y yo somos uno mismo... ¡ouu-ou..!
Es tiempo de unidad.
El precio que me das por seguir a tu lado...
Es momento de negociar.
¡Somos amigos, amigos, amigos, amigos de verdad..!
Es época preelectoral.
Estos son días para la conformidad.
Caminante, caminante, tú que escuchas mi cantar; deja el odio y ven conmigo...
No. No es Navidad.
Tú que recuerdas, quizá, a mi madre o a un amigo que ya no está, quiero que sepas que esta noche él te acompañará...
Es época de fraternidad.
Tú y yo somos uno mismo... ¡ouu-ou..!
Es tiempo de unidad.
El precio que me das por seguir a tu lado...
Es momento de negociar.
¡Somos amigos, amigos, amigos, amigos de verdad..!
Es época preelectoral.
jueves, 29 de enero de 2009
Simpsonianas
No debo de escribir chingaderas que pudieren incomodar a las buenas conciencias.
No debo de escribir chingaderas que pudieren incomodar a las buenas conciencias.
No debo de escribir chingaderas que pudieren incomodar a las buenas conciencias.
No debo de escribir chingaderas que pudieren incomodar a las buenas conciencias.
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No debo de escribir chingaderas que pudieren incomodar a las buenas conciencias.
... ¿y de qué color son las buenas conciencias?
No debo de escribir chingaderas que pudieren incomodar a las buenas conciencias.
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viernes, 12 de diciembre de 2008
Yo lo vi; yo estuve ahí
Acabo de leer el texto de Lucy sobre un triste episodio de desalojo que ocurrió ayer en la biblioteca para la realización de una junta. Y como yo fui uno de los testigos de todo lo que ocurrió, y como fui uno de los que no aceptaron la nada amable conminación para irnosachingaraotrolado, puedo contar otra parte de la misma historia; justamente la parte que explica la aprehensión de las instigadoras por actuar sin testigos ajenos a su ámbito de control...
Resulta que la dichosa junta era para explicarles a los asesores de practicantes (7o y 8o sem.) oooooootras nuevas reglas para la elaboración del mítico documento recepcional (decepcional, que le dicen los muchachos cuando se los rechazan por enésima ocasión), y de verdad que lo que presentaron es una evidencia muy clara de al menos dos circunstancias: falta de comprensión del currículum y falta de visión.
Ya te he comentado en otras ocasiones que ahí, en la ENSMSG, el documento recepcional se ha convertido en una especie de objeto de culto al que se le ponen más requisitos, procedimientos y trabas que a una tesis de maestría. Sin exagerar, he visto tesis de la escuela de graduados que tienen más fallos que los borradores rechazados a algunos estudiantes de licenciatura (francamente, yo me sigo preguntando si las personas que se ponen tan requisitosas para aprobar un documento serán capaces de escribir lo que solicitan; tengo al menos constancia de que una de ellas se pone muy demandante, pero no es capaz de redactar un texto con la mitad de la calidad que exige). El problema es que lejos de contar con un conjunto de normas estables de publicación, que de existir y estar registradas podrían convertirse en objeto de enseñanza, en nuestra escuela cambian las reglas cada año, generalmente a medida que avanza el curso, y habitualmente sin atenerse a criterios académicos o editoriales sólidos y consistentes. Digo, es evidente que la mayor parte de las propuestas son ocurrencias y visceralidades, porque la falta de lecturas, siempre lo he dicho, se nota más que el amor y el dinero.
Y las dos nuevas genialidades que más llamaron la atención del respetable fueron que, a partir de esta generación (nótese el carácter de improvisación que tiene la medida), quedan prohíbidas, en los documentos recepcionales, las citas mayores a cuarenta palabras (los bloques de citas) y el uso de información proveniente de Internet (aunque supongo que la proscripción es para toda información contenida en fuentes digitales)... ¡Hazme el chingado favor!
Colijo: Algunas personas abusan del citado y llenan muchas páginas con citas textuales, pero eso no es lo malo; lo malo es que se les exija que cumplan con un mínimo de páginas y no con un mínimo de argumentos o pruebas. Acepto: algunas personas aprovechan las facilidades que otorgan los textos digitalizados para hacer un ejercicio magistral del copy & paste, incluso hay quienes no cuidan la calidad de los textos que copian, pero eso no es lo malo; lo malo es que ni escribiendo ni copiando pueden cubrir los retorcidos requisitos de publicación que se les imponen.
Al final de cuentas, ambas medidas aparecen como actos desesperados por ejercer el control sobre una actividad que debiera darse en la libertad más amplia: la reflexión sobre la propia práctica docente. En vez de darles oportunidad a los practicantes de resaltar las ricas particularidades que tuvieron sus actuaciones en unos contextos determinados con unos alumnos en particular, los pobres tienen que tratar de reproducir esquemas y llenar patrones, aún a costa de mentir, con tal de satisfacer a sus censoras que primero revisan la medida de los márgenes como requisito para concederles el derecho a ser leídos y revisados... por ejemplo.
Es cierto: se debe procurar que las citas sean pertinentes y que se usen con moderación; se debe procurar que la calidad de las fuentes de información se ubique entre primero, segundo y, ocasionalmente, tercer nivel. Pero de eso a prohibir hay un abismo de distancia.
Y unas cuantas neuronas útiles.
Resulta que la dichosa junta era para explicarles a los asesores de practicantes (7o y 8o sem.) oooooootras nuevas reglas para la elaboración del mítico documento recepcional (decepcional, que le dicen los muchachos cuando se los rechazan por enésima ocasión), y de verdad que lo que presentaron es una evidencia muy clara de al menos dos circunstancias: falta de comprensión del currículum y falta de visión.
Ya te he comentado en otras ocasiones que ahí, en la ENSMSG, el documento recepcional se ha convertido en una especie de objeto de culto al que se le ponen más requisitos, procedimientos y trabas que a una tesis de maestría. Sin exagerar, he visto tesis de la escuela de graduados que tienen más fallos que los borradores rechazados a algunos estudiantes de licenciatura (francamente, yo me sigo preguntando si las personas que se ponen tan requisitosas para aprobar un documento serán capaces de escribir lo que solicitan; tengo al menos constancia de que una de ellas se pone muy demandante, pero no es capaz de redactar un texto con la mitad de la calidad que exige). El problema es que lejos de contar con un conjunto de normas estables de publicación, que de existir y estar registradas podrían convertirse en objeto de enseñanza, en nuestra escuela cambian las reglas cada año, generalmente a medida que avanza el curso, y habitualmente sin atenerse a criterios académicos o editoriales sólidos y consistentes. Digo, es evidente que la mayor parte de las propuestas son ocurrencias y visceralidades, porque la falta de lecturas, siempre lo he dicho, se nota más que el amor y el dinero.
Y las dos nuevas genialidades que más llamaron la atención del respetable fueron que, a partir de esta generación (nótese el carácter de improvisación que tiene la medida), quedan prohíbidas, en los documentos recepcionales, las citas mayores a cuarenta palabras (los bloques de citas) y el uso de información proveniente de Internet (aunque supongo que la proscripción es para toda información contenida en fuentes digitales)... ¡Hazme el chingado favor!
Colijo: Algunas personas abusan del citado y llenan muchas páginas con citas textuales, pero eso no es lo malo; lo malo es que se les exija que cumplan con un mínimo de páginas y no con un mínimo de argumentos o pruebas. Acepto: algunas personas aprovechan las facilidades que otorgan los textos digitalizados para hacer un ejercicio magistral del copy & paste, incluso hay quienes no cuidan la calidad de los textos que copian, pero eso no es lo malo; lo malo es que ni escribiendo ni copiando pueden cubrir los retorcidos requisitos de publicación que se les imponen.
Al final de cuentas, ambas medidas aparecen como actos desesperados por ejercer el control sobre una actividad que debiera darse en la libertad más amplia: la reflexión sobre la propia práctica docente. En vez de darles oportunidad a los practicantes de resaltar las ricas particularidades que tuvieron sus actuaciones en unos contextos determinados con unos alumnos en particular, los pobres tienen que tratar de reproducir esquemas y llenar patrones, aún a costa de mentir, con tal de satisfacer a sus censoras que primero revisan la medida de los márgenes como requisito para concederles el derecho a ser leídos y revisados... por ejemplo.
Es cierto: se debe procurar que las citas sean pertinentes y que se usen con moderación; se debe procurar que la calidad de las fuentes de información se ubique entre primero, segundo y, ocasionalmente, tercer nivel. Pero de eso a prohibir hay un abismo de distancia.
Y unas cuantas neuronas útiles.
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martes, 11 de noviembre de 2008
De maestros arrastrados que no hacen lo que les corresponde
"El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.
—Señor —le dijo—, perdóneme si le pregunto...
—Te ordeno que me preguntes —se apresuró a decir el rey.
—Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?
—Sobre todo —contestó el rey con gran ingenuidad.
—¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
—¿Sobre todo eso? —volvió a preguntar el principito.
—Sobre todo eso. . . —respondió el rey.
No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.
—¿Y las estrellas le obedecen?
—¡Naturalmente! —le dijo el rey—. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.
Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol, sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
—Me gustaría ver una puesta de sol... Deme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
—Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
—La culpa sería de usted —le dijo el principito con firmeza.
—Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar —continuó el rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
—¿Entonces mi puesta de sol? —recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había formulado.
—Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones sean favorables.
—¿Y cuándo será eso?
—¡Ejem, ejem! —le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario—, ¡ejem, ejem! será hacia... hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece."
—Señor —le dijo—, perdóneme si le pregunto...
—Te ordeno que me preguntes —se apresuró a decir el rey.
—Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?
—Sobre todo —contestó el rey con gran ingenuidad.
—¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
—¿Sobre todo eso? —volvió a preguntar el principito.
—Sobre todo eso. . . —respondió el rey.
No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.
—¿Y las estrellas le obedecen?
—¡Naturalmente! —le dijo el rey—. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.
Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol, sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
—Me gustaría ver una puesta de sol... Deme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
—Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
—La culpa sería de usted —le dijo el principito con firmeza.
—Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar —continuó el rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
—¿Entonces mi puesta de sol? —recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había formulado.
—Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones sean favorables.
—¿Y cuándo será eso?
—¡Ejem, ejem! —le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario—, ¡ejem, ejem! será hacia... hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece."
viernes, 8 de febrero de 2008
Rojo-mírame
Recuerdo firmemente la expresión, no así la situación ni el momento, de una amiga anunciándome que se encontraba a punto de enganchar su primer coche de agencia. ¿De qué color va a ser? -pregunté. Supongo que es la pregunta menos adecuada que puedes hacer a alguien que te dice que está a punto de engancharse en un crédito por el resto de sus días, pero fue la única que se me ocurrió; y la respuesta no pudo ser más memorable: "Rojo mírame". Y de alguna manera me pareció una respuesta lógica e iluminadora; finalmente, muchos de nuestros actos se encuentran regulados por el deseo de llamar la atención de los demás.
Me viene a la memoria, por ejemplo, la anécdota que se cuenta de Luis Miguel Dominguín, torero padre de Miguel Bosé, quien en una ocasión tuvo la oportunidad de pasar la noche con la entonces diva del cine holliwoodense Ava Gardner. Dice la historia que tan pronto como amaneció, Luis Miguel se levantó apresurado a vestirse, y Ava se despertó para preguntarle, entre somnolienta y desconcertada, que a dónde se dirigía con tanta prisa; "A contárselo a todos", fue la apresurada respuesta que dio el matador antes de abandonar la suite de la estrella para dirigirse a, efectivamente, contárselo todo a la prensa y a sus amigos. Supongo que, como buen caballero, no quiso dejar el acontecimiento a su propia memoria.
Me pregunto si eso de tener un blog no será, de alguna manera, como tener un carro color rojo-mírame. ¿Escribimos realmente para expresar y compartir ideas, sueños, expectativas y cosas por el estilo? ¿O se trata simplemente de un acto destinado a llamar la atención de los demás? Y, si ese es el caso, ¿quiénes son esos otros que constituyen el grupo de los "demás"?, y ¿cuáles son los parámetros para medir el éxito?
¿Cómo estar seguro de qué el rojo realmente provoca que me miren?
Hace poco me enteré del caso de una persona que tiene un blog y se declara dispuesta a cerrarlo porque considera que muy poca gente lo visita, pues prácticamente nadie he dejado comentarios en sus posts. Ante esa situación me surgieron las interrogantes que dieron origen a este texto. Personalmente, no creo que el conteo de comentarios sea la medida más precisa del nivel de éxito que tiene una página de este tipo. Supongo que lo sería si el propósito fuera comercial; sin embargo, las utilidades netas que reporta el ejercicio de escribir para publicar, haciéndolo de forma cotidiana, son mucho más significativas que los "cinco minutos de fama" que se puedan alcanzar por uno o dos posts impactantes u oportunos.
Puedo asegurarte que el principal indicador de éxito en el ejercicio de mantener un blog se encuentra en el incremento de las competencias escribanas de quien redacta, en la mejora gradual del dominio de los diferentes registros, y en el fortalecimiento metacognitivo en que se involucra quien revisa sus propios escritos pensando en las posibilidades receptivas a manos de diferentes lectores, sean éstos reales o no.
Escribir para publicar es una de las maneras más efectivas de fortalecer las competencias comunicativas y las demás habilidades intelectuales. No es por casualidad, ni tiene el espíritu de promover el exhibicionismo intelectual, que una de las actividades que mayor énfasis recibe en las propuestas educativas contemporáneas es la de publicar textos elaborados por los aprendices.
Obvio resulta decir que el maestro de lengua, así como se espera que sea un lector avezado como condición básica para ser capaz de promover el hábito y el gusto por la lectura de sus alumnos, debería ser un creador habitual y eficiente de textos antes de pretender enseñar a unos alumnos a redactar.
Porque no me negarás que resulta absurdo que personas que en su vida han escrito más allá de su nombre en las portadas de textos copiados, se erijan como censores de la calidad de los textos creados por los alumnos. Y esta situación juega para el maestro de cualquier asignatura, pues en prácticamente cualquier clase se solicita a los alumnos la creación de textos.
De tal forma que, efectivamente, es probable que quien crea un blog esté reemplazando (o tal vez complementando) la existencia de un coche color rojo-mírame; y es posible que una vez logrado el objetivo o, como en el caso que mencioné, nunca alcanzado, el mantenimiento del sitio pierda sentido.
Incluso es posible (y la posibilidad resulta plausible) que se llegue a la redacción en Internet como una forma de ejercer libre y abiertamente el sagrado derecho al pataleo que todos tenemos ante situaciones que consideramos injustas. Y en este caso también resulta posible que el objeto de nuestro afecto (¿o defecto?) ni siquiera se entere de nuestra catarsis, y si se entera que no se dé por aludido.
En todo caso, supongo que aunque el coche no sea rojo, es posible que la gente lo mire; y suponiendo que nadie lo mire, nunca dejará de ser un vehículo.
Qué es lo que al final importa.
Me viene a la memoria, por ejemplo, la anécdota que se cuenta de Luis Miguel Dominguín, torero padre de Miguel Bosé, quien en una ocasión tuvo la oportunidad de pasar la noche con la entonces diva del cine holliwoodense Ava Gardner. Dice la historia que tan pronto como amaneció, Luis Miguel se levantó apresurado a vestirse, y Ava se despertó para preguntarle, entre somnolienta y desconcertada, que a dónde se dirigía con tanta prisa; "A contárselo a todos", fue la apresurada respuesta que dio el matador antes de abandonar la suite de la estrella para dirigirse a, efectivamente, contárselo todo a la prensa y a sus amigos. Supongo que, como buen caballero, no quiso dejar el acontecimiento a su propia memoria.
Me pregunto si eso de tener un blog no será, de alguna manera, como tener un carro color rojo-mírame. ¿Escribimos realmente para expresar y compartir ideas, sueños, expectativas y cosas por el estilo? ¿O se trata simplemente de un acto destinado a llamar la atención de los demás? Y, si ese es el caso, ¿quiénes son esos otros que constituyen el grupo de los "demás"?, y ¿cuáles son los parámetros para medir el éxito?
¿Cómo estar seguro de qué el rojo realmente provoca que me miren?
Hace poco me enteré del caso de una persona que tiene un blog y se declara dispuesta a cerrarlo porque considera que muy poca gente lo visita, pues prácticamente nadie he dejado comentarios en sus posts. Ante esa situación me surgieron las interrogantes que dieron origen a este texto. Personalmente, no creo que el conteo de comentarios sea la medida más precisa del nivel de éxito que tiene una página de este tipo. Supongo que lo sería si el propósito fuera comercial; sin embargo, las utilidades netas que reporta el ejercicio de escribir para publicar, haciéndolo de forma cotidiana, son mucho más significativas que los "cinco minutos de fama" que se puedan alcanzar por uno o dos posts impactantes u oportunos.
Puedo asegurarte que el principal indicador de éxito en el ejercicio de mantener un blog se encuentra en el incremento de las competencias escribanas de quien redacta, en la mejora gradual del dominio de los diferentes registros, y en el fortalecimiento metacognitivo en que se involucra quien revisa sus propios escritos pensando en las posibilidades receptivas a manos de diferentes lectores, sean éstos reales o no.
Escribir para publicar es una de las maneras más efectivas de fortalecer las competencias comunicativas y las demás habilidades intelectuales. No es por casualidad, ni tiene el espíritu de promover el exhibicionismo intelectual, que una de las actividades que mayor énfasis recibe en las propuestas educativas contemporáneas es la de publicar textos elaborados por los aprendices.
Obvio resulta decir que el maestro de lengua, así como se espera que sea un lector avezado como condición básica para ser capaz de promover el hábito y el gusto por la lectura de sus alumnos, debería ser un creador habitual y eficiente de textos antes de pretender enseñar a unos alumnos a redactar.
Porque no me negarás que resulta absurdo que personas que en su vida han escrito más allá de su nombre en las portadas de textos copiados, se erijan como censores de la calidad de los textos creados por los alumnos. Y esta situación juega para el maestro de cualquier asignatura, pues en prácticamente cualquier clase se solicita a los alumnos la creación de textos.
De tal forma que, efectivamente, es probable que quien crea un blog esté reemplazando (o tal vez complementando) la existencia de un coche color rojo-mírame; y es posible que una vez logrado el objetivo o, como en el caso que mencioné, nunca alcanzado, el mantenimiento del sitio pierda sentido.
Incluso es posible (y la posibilidad resulta plausible) que se llegue a la redacción en Internet como una forma de ejercer libre y abiertamente el sagrado derecho al pataleo que todos tenemos ante situaciones que consideramos injustas. Y en este caso también resulta posible que el objeto de nuestro afecto (¿o defecto?) ni siquiera se entere de nuestra catarsis, y si se entera que no se dé por aludido.
En todo caso, supongo que aunque el coche no sea rojo, es posible que la gente lo mire; y suponiendo que nadie lo mire, nunca dejará de ser un vehículo.
Qué es lo que al final importa.
lunes, 31 de diciembre de 2007
Espirales
Por diferentes circunstancias y con distintas motivaciones, me he aproximado a la lectura del libro Psicología y currículum de César Coll en varias ocasiones. Escrito en 1985 con el propósito de apoyar una serie de reformas educativas en la provincia española de Cataluña, y hecho público para el resto del mundo en 1991, este presenta una síntesis analítica de las principales teorías psicopedagógicas (psicología de la educación) y las implicaciones que tiene la adopción de cualquiera de ellas para la toma de decisiones curriculares. Desde su publicación, este texto se ha convertido en referente obligatorio para toda reflexión curricular en cualquiera de sus niveles, desde las reformas curriculares propiamente dichas, hasta lo referente al nivel más concreto de toma de decisiones curriculares, es decir la planificación didáctica de la clase.
Pero no escribo para hacer una apología, que poca falta le hace al texto de Coll, sino para reflexionar sobre mi experiencia particular de lectura con ese libro. Te comentaba que lo he leído en varias ocasiones: la primera fue en un curso de la escuela de graduados que dejé trunco; en ese momento me llamaron la atención los catálogos de verbos para la enunciación de diferentes tipos de objetivos que, aunque el autor mismo descalificaba por la excesiva simplificación a la que se prestaban, me parecieron una excelente herramienta para enfrentar las tareas de revisión curricular en que me encontraba inmerso en esos momentos ante la inminente llegada de una reforma en los Planes y Programas de la Normal Superior. Posteriores tareas académicas me hicieron volver a ese libro que, dentro del mismo proceso de adopción teórica y recomendación a terceros, he tenido que reemplazar dentro de mi biblioteca en repetidas ocasiones.
Lo interesante de todo esto es que cada vez que leo el libro me encuentro con nueva información y nuevos elementos de reflexión (por lo tanto llego a conclusiones diferentes) que no había encontrado en lecturas anteriores. Esto no es en realidad ningún misterio, pues sabemos que el acto de recepción a todo texto es diferente dependiendo del contexto, conocimientos y experiencias previas del lector, aún cuando se trate del mismo lector acudiendo en diferentes momentos a un mismo texto (mira cómo en mi adolescencia El principito me pareció una hermosa lección de vida, con el tiempo llegue a considerarlo una bella metáfora de la cultura, y en la actualidad me parece una cursi e incoherente alusión a cosas que se pueden decir de otra manera). El problema es que nuevas interpretaciones a un texto que en el pasado me llevó a tomas ciertas decisiones me dicen que esas decisiones fueron erróneas.
Sé que no estoy dispuesto a ello, y sin embargo en su momento tendré que reconocer que estaba equivocado y que había entendido mal la teoría; porque esa actitud es la única que nos puede hacer evolucionar como individuos, como grupo y como cultura. Empecinarnos en una mentira, en un error o en una postura como una forma de preservar el estatus es una forma de contribuir a la debacle de la cultura. Saber reconocer nuestros errores y actuar en consecuencia es una vía para el crecimiento y un signo de madurez.
Te lo voy a decir para que no te quedes con la duda: yo afirmaba que los objetivos de ejecución no existían y que se trataba de actividades(vg: Participarán en una mesa redonda.); no es cierto: es posible establecer actividades a desarrollar (en forma eficiente, por supuesto) como objetivos de un currículum, un curso o una actividad. ¿Te parece una bobería? No lo es tanto cuando lo que planificas incide en la formación de unos futuros profesionales cuyos actos incidirán en el futuro de cientos (tal vez miles) de adolescentes.
A la hora en que concluyo de escribir este post ya ha iniciado el Año Nuevo 2008 en lugares como Australia, Nueva Zelanda y Japón. No voy a desearte felicidad y riqueza. Mejor te invito para que aproveches esta oportunidad, por lo demás absolutamente convencional, para asumir una actitud reflexiva y responsable sobre tus actos y tus ideas. Enfrenta la responsabilidad de esta relación dialéctica con la sociedad y con la cultura, y disponte a hacer tu aportación diaria para hacer de este mundo un mejor lugar para nosotros, nuestros hijos, y el resto de la humanidad.
Que el mundo lo constituimos todos.
Éxito en el 2008.
Pero no escribo para hacer una apología, que poca falta le hace al texto de Coll, sino para reflexionar sobre mi experiencia particular de lectura con ese libro. Te comentaba que lo he leído en varias ocasiones: la primera fue en un curso de la escuela de graduados que dejé trunco; en ese momento me llamaron la atención los catálogos de verbos para la enunciación de diferentes tipos de objetivos que, aunque el autor mismo descalificaba por la excesiva simplificación a la que se prestaban, me parecieron una excelente herramienta para enfrentar las tareas de revisión curricular en que me encontraba inmerso en esos momentos ante la inminente llegada de una reforma en los Planes y Programas de la Normal Superior. Posteriores tareas académicas me hicieron volver a ese libro que, dentro del mismo proceso de adopción teórica y recomendación a terceros, he tenido que reemplazar dentro de mi biblioteca en repetidas ocasiones.
Lo interesante de todo esto es que cada vez que leo el libro me encuentro con nueva información y nuevos elementos de reflexión (por lo tanto llego a conclusiones diferentes) que no había encontrado en lecturas anteriores. Esto no es en realidad ningún misterio, pues sabemos que el acto de recepción a todo texto es diferente dependiendo del contexto, conocimientos y experiencias previas del lector, aún cuando se trate del mismo lector acudiendo en diferentes momentos a un mismo texto (mira cómo en mi adolescencia El principito me pareció una hermosa lección de vida, con el tiempo llegue a considerarlo una bella metáfora de la cultura, y en la actualidad me parece una cursi e incoherente alusión a cosas que se pueden decir de otra manera). El problema es que nuevas interpretaciones a un texto que en el pasado me llevó a tomas ciertas decisiones me dicen que esas decisiones fueron erróneas.
Sé que no estoy dispuesto a ello, y sin embargo en su momento tendré que reconocer que estaba equivocado y que había entendido mal la teoría; porque esa actitud es la única que nos puede hacer evolucionar como individuos, como grupo y como cultura. Empecinarnos en una mentira, en un error o en una postura como una forma de preservar el estatus es una forma de contribuir a la debacle de la cultura. Saber reconocer nuestros errores y actuar en consecuencia es una vía para el crecimiento y un signo de madurez.
Te lo voy a decir para que no te quedes con la duda: yo afirmaba que los objetivos de ejecución no existían y que se trataba de actividades(vg: Participarán en una mesa redonda.); no es cierto: es posible establecer actividades a desarrollar (en forma eficiente, por supuesto) como objetivos de un currículum, un curso o una actividad. ¿Te parece una bobería? No lo es tanto cuando lo que planificas incide en la formación de unos futuros profesionales cuyos actos incidirán en el futuro de cientos (tal vez miles) de adolescentes.
A la hora en que concluyo de escribir este post ya ha iniciado el Año Nuevo 2008 en lugares como Australia, Nueva Zelanda y Japón. No voy a desearte felicidad y riqueza. Mejor te invito para que aproveches esta oportunidad, por lo demás absolutamente convencional, para asumir una actitud reflexiva y responsable sobre tus actos y tus ideas. Enfrenta la responsabilidad de esta relación dialéctica con la sociedad y con la cultura, y disponte a hacer tu aportación diaria para hacer de este mundo un mejor lugar para nosotros, nuestros hijos, y el resto de la humanidad.
Que el mundo lo constituimos todos.
Éxito en el 2008.
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