miércoles, 22 de abril de 2009
Día Internacional del Libro
¿Qué libro estás leyendo? ¿Qué libro recomiendas? Para los maestros es una oportunidad y un pretexto excelente de leer algo con los alumnos. Los alumnos siempre son niños que disfrutan de los cuentos, no importa si tienen 4 o 44 años. Basta con estar sentado en un pupitre para quedar atrapado por la ensoñación de la lectura de un rico texto leído con amor; con amor al texto, a la lectura y al acto de compartir el placer de la lectura.
Recuerdo de manera muy especial, el día de hoy, mis escarceos con los libros. Los primeros, las novelitas de bolsillo de editorial Bruguera que mi padre escondía inútilmente bajo llave, y a los que yo, cual Lazarillo contemporáneo, me ingeniaba para llegar a través de una rendija, tomando uno tras otro para llenarme de la fantasía de intrépidos aventureros espaciales que siempre castigaban al villano y se quedaban con la chica que, sin importar su planeta de origen, tenía siempre una figura esbelta y atlética y, por supuesto, unas tetas espectaculares. Y así, haciéndome valer de mi ingenio para agenciarme aquello que se me quería vedar, viví la fantasía de los siete a los doce años, tiempo que llegado bastó para que nadie considerase necesario seguirme ocultando el tesoro al que ya estaba yo tan habituado. En ese tiempo me familiaricé con nombres de escritores (muchos de ellos seudónimos de escritores que se avergonzaban de la autoría de esos pulps) como Clark Carrados, Peter Kapra, E. E. Doc. Smith, pero también Edgar Rice Burroughs, Isaac Asimov, Julio Verne.
Luego fue la mala conducta. Era yo tan desordenado como estudiante de sexto grado de primaria, que mi maestro Pablo, profesor de matemáticas en secundaría según sabría después, encontró que la mejor forma de disciplinarme era obligarme a trabajar horas extra. Para ello me citaba en su casa, donde tenía que hace cosas como revisar exámenes, transcribir evaluaciones o contestar laboratorios. Terminaba yo mi jornada escolar, iba a casa a comer, y a las tres de la tarde tenía que estar en casa de mi profesor, listo para cubrir no recuerdo cuántas horas de trabajo. Pero era yo tan eficiente para cumplir con mis deberes, que habitualmente me quedaba mucho tiempo para deambular por la biblioteca de mi profesor ¡y qué biblioteca!
Para mí, acostumbrado a unos cuantos libros en un par de estantes de una vitrina, esos muros llenos de libros nuevecitos, olorosos a tinta, primorosamente encuadernados, eran un mundo aparte. Comencé leyéndolos a escondidas (mi papá me había enseñado, cuando me regaló un librote de astronomía, que debía lavarme las manos antes de abrir un libro, y ese ritual lo practicaba cada momento que tomaba los libros de mi maestro; sobre todo para que no se diera cuenta de que los estaba agarrando), con el tiempo, la discreción se volvió innecesaria, pues se me autorizó, no sólo a leerlos, sino a llevar conmigo los libros para continuar leyendo en casa.
En esos meses me involucré en un frenesí de leticia en torno a la lectura: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Ivannhoe, La isla del tesoro, Robin Hood, La metamorfosis, El extranjero, El Principito, La vuelta al mundo en 80 días... sé que fueron más, pero ahora sólo recuerdo esos. Al terminar el ciclo escolar estaba yo desesperado por continuar leyendo, así que comencé a tomar los libros que antes había ignorado en casa: Así hablaba Zaratustra, El Loco, La biblia, El mono desnudo, La huella del dios, y algunos otros menos memorables.
La secundaria me brindó nuevas oportunidades de lectura en varias ocasiones, pero tengo que mencionar de forma especial las vendimias que organizaban algunos libreros, que por unos cuantos pesos nos permitían acceder a verdaderas joyas. Ahí compré y leí Quo Vadis, Los entremeses de Cervantes, Las novelas ejemplares, Los pasos de Lope de Rueda, Juan Salvador Gaviota, Ben Hur, El Lazarillo de Tormes, El retrato de Dorian Grey, La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de lady Windermere (me encantaba Wilde), mis primeras aventuras de Sherlok Holmes, incluyendo algunos pastiches, y muchos otros que circulaban de mano en mano por parte de una pequeña comunidad de compañeros que comprábamos y compartíamos libros.
Leí libros desde los siete años, y seguí leyendo cuando estaba en la secundaria. Tenía compañeros y compañeras que leían libros. Los adolescentes sí leen, y este Día Internacional del Libro es un buen momento para atrapar nuevos creyentes de la lectura.
Debo confesar, sin embargo, con vergüenza: nunca he leído El Quijote.
viernes, 17 de abril de 2009
Círculos de lectura
En ese contexto, semanas atrás presenté un planteamiento metodológico para el acompañamiento lector, del cual se espera que se desprenda una dinámica de trabajo entre pares a nivel de academias en la ENSMSG. Tengo que reconocer que la convocatoria ha fracasado hasta ahora, pues de un grupo de más de 20 maestros, apenas sí he logrado interesar a 4 en el trabajo. Por supuesto que no me voy a dar por vencido y comenzaré con un trabajo de guerrilla para tratar de involucrar a la mayor cantidad posible de docentes en este proyecto. Si todo sale bien, espero que el próximo semestre se pueda iniciar realmente con este tipo de actividades.
Por vía de mientras, y como otra de mis convicciones es que las propuestas de trabajo no son patrimonio de minorías (al menos no las que yo elaboro), te dejo la presentación del planteamiento. Espero que te pueda ser útil.
circulos_de_lectura01
Por supuesto, quedo a tus órdenes para cualquier aclaración o explicación.
viernes, 10 de abril de 2009
Progresión temática
A la dimensión estructural corresponde la manera en que se relacionan las palabras para formar frases, cómo se ligan éstas para dar lugar a los párrafos o periodos, y cómo los párrafos se organizan en la estructura global llamada texto. Los componentes que se estructuran son los fonológicos, los morfosintácticos y los semánticos. En el nivel de unión entre párrafos (transfrástico) se presenta una característica semántica relacionada con nuestra forma de ordenar las ideas: la progresión temática, de la cual te hablaré a continuación.
La tradición occidental entiende el texto como un continuum que va de lo simple a lo complejo, de lo general a lo particular (o viceversa), y de lo conocido a lo desconocido. Es ahí donde cobra relevancia la progresión temática, y se refiere a la manera en que un autor va distribuyendo la información en forma secuenciada a lo largo de su texto, presentando primero información conocida (tema u oración temática) y después la información nueva (rema o comentarios). Tómese el siguiente esquema como una manera de representación de dicho fenómeno:
Podemos compararlo con la siguiente narración (observa la función informadora del título, que permite acceder a la primera frase con un conocimiento previo del contenido):
Alicia y su ratón
1 Alicia tenía un ratoncito blanco 2 que era toda su adoración.
3 Un día, el ratoncito se perdió 4 y ella lo buscaba mientras lloraba desconsolada.
5 Cuando lo encontró, 6 lo encerró en una jaula para no perderlo más.
Partiendo de la información de (1), podemos saber (2) quién adoraba a quién. En (3), (1 y 2) nos permiten saber que la pérdida del ratón es algo malo, y entendemos (4) como consecuencia de (3). Siguiendo esa lógica, podemos ver cómo la información se vuelve cada vez más densa y más dependiente de la información previa. La progresión temática opera de manera similar para cualquier texto de cualquier tipo: la información nueva del párrafo anterior pasa a ser la información conocida del nuevo párrafo. Una buena organización facilita la comprensión, mientras que un planteamiento descuidado puede volver indescifrable al texto.
De las repercusiones didácticas de la progresión temática te hablaré después.
lunes, 19 de enero de 2009
Dos veces cien

Hoy se cumplen doscientos años del natalicio de Edgar Alan Poe (19 de enero de 1809, en Boston), uno de los autores más influyentes, culturalmente hablando, de todos los tiempos. De vida desordenada y llena de misterios, murió a los 40 años, dejando tras de sí un legado literario que cíclicamente es redescubierto por nuevas generaciones que se dejan seducir por las atmósferas y las pasiones que se desprenden de sus textos.
De él afirmó Borges que llegó a la creación de cuentos por pura necesidad, pues su aspiración única era la poesía, y son sus cuentos los que lo han hecho inmortal. Hoy se le considera creador del género detectivesco, renovador del relato gótico, y uno de los principales exponentes del género del terror. Según lo ha comentado él mismo, Tim Burton (Batman, El cadáver de la novia) ha construido su estética cinematográfica del terror en una interpretación de los ambientes y los recursos que presenta Poe en sus relatos.
Un aspecto poco mencionado de la vida de Poe es que contaba con un marcado interés por los desarrollos científicos de su época y por la búsqueda de la racionalidad, lo cuál se refleja en sus relatos, aún los de terror. Cuando presenta una situación terrorífica, el horror proviene de los actos de los personajes, o de la interpretación que los personajes hacen de los acontecimientos. Los espectros son imaginados, las situaciones sobrenaturales son presentadas como posibles más no aseguradas. En este sentido, su creación transita de la magia del romanticismo a la racionalidad del realismo.
Como una forma autocomplaciente de homenajear la memoria de este gran escritor, te invito a conocer un poco más de su vida y, por suspuesto, a leer y compartir alguno de sus muchos y fantásticos relatos.
martes, 12 de agosto de 2008
Girondelas
Oliverio Girondo
No saben.
¡Perdonadlos!
No saben lo que han hecho,
lo que hacen,
por qué matan,
por qué hieren las piedras,
masacran los paisajes...
No saben.
No lo saben...
No saben por qué mueren.
Se nutren,
se han nutrido
de hediondas imposturas,
de cancerosos miasmas,
de vocablos sin pulpa,
sin carozo,
sin jugo,
de negras reses de humo,
de canciones en pasta,
de pasionales sombras con voces de ventrílocuo.
Viven
entre lo fétido,
una inquietud de orzuelo,
de vejiga pletórica,
de urticaria florida que cultiva el ayuno,
el sudor estancado,
la iniquidad encinta.
No creen.
No creen en nada
más que en el moco hervido.
en el ideal,
chirriante,
de las aplanadoras,
en las agrias arcadas
que atormentan al éter,
en todas las mentiras
que engendran las matrices de plomo derretido
el papel embobado
y en bobina.
Son blandos,
son de sebo,
de corrompido sebo triturado
por engranajes sádicos,
por ruidos asesinos,
por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo,
para hundirles sus uñas de raíces cuadradas
y dotarlos de un alma de trapo de cocina.
Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos,
en sacarle provecho hasta a sus excrementos.
Escupen las veredas,
escupen los tranvías,
para eludir las horas
y demostrar que existen.
No pueden rebelarse.
Los empuja la inercia,
el terror,
el engaño,
las plumas sobornadas,
los consorcios sin sexo que ha parido la usura
y que nunca se sacian de fabricar cadáveres.
Se niegan al coloquio del agua con las piedras.
Ignoran el misterio del gusano,
del aire.
Ven las nubes,
la arena,
y no caen de rodillas.
No quedan deslumbrados por vivir entre venas.
Sólo buscan la dicha en las suelas de goma.
Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo.
Son capaces de todo con tal de no escucharse,
con tal de no estar solos.
¿Cómo,
cómo sabrían
lo que han hecho,
lo que hacen?
¿Algo tiene de extraño
que deserten del asco,
de la hiel,
del cansancio?
Sólo puede esperarse
que defiendan el plomo,
que mueran por el guano,
que cumplan la proeza
de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo,
para que el hambre extienda sus tapices de esparto
y desate su bolsa ahíta de calambres.
Son ferozmente crueles.
Son ferozmente estúpidos...
pero son inocentes.
¡Hay que compadecerlos!
jueves, 17 de julio de 2008
Entre lectura y queso cortado
Sale pues en caliente:
"El libro de las tierras vírgenes" de Rudyard Kipling. Es con mucho mi libro favorito, o al menos el único que disputa ese honor con "El nombre de la rosa". Si hago cuentas, "El libro..." ha sido mi favorito desde que tenía 14 años (30 a la fecha, pues) y "El nombre..." desde que tenía 24. El primero lo he comprado en no menos de diez ediciones diferentes, de las que actualmente conservo cuatro, de "El nombre..." habré comprado cuatro ejemplares en diferentes ediciones (sin contar una que le robé a Oscarito, luego que cuento cómo, y que en un acto de justicia poética Lucy me robó a mí), sin que a la fecha cuente con alguno. Dicho lo anterior, y al margen de pasiones intelectuales, queda bien claro que "El libro..." es mi libro favorito, y es el que inauguró, en la edición de Porrua, esta renovada práctica de la biblioteca literaria en sillón de cerámica.
"Veinte mil leguas de viaje submarino" de Julio Verne. Nunca lo había leído, aunque por mucho tiempo tuve la intención. Es un texto un tanto difícil por la gran cantidad de referencias científicas que contiene y llegan a volverlo pesado. Fuera de eso, la lectura es agradable y la aventura memorable. Edición de Porrúa (últimamente he comprado muchos libros de Porrúa, Colección Sepan Cuantos...).
"Aventuras de Sherlock Holmes", "La resurección de Sherlock Holmes" y "Nuevas y últimes aventuras de Sherlock Holmes" (los dos últimos, adaptaciones libres de los títulos originales: "The return of Sherlock Holmes" y "The Case-Book of Sherlock Holmes") de Sir Artur Conan Doyle. El detective es uno de los personajes favoritos no sólo de este servidor, sino de toda una generación de apasionados por las relaciones entre significados y sentidos de los signos. El personaje de Conan Doyle constituye el verdadero arquetipo del pensador racional que es capaz de resolver los problemas más intrincados que puedan surgir. No es de extrañar que grandes intelectuales, como es el caso concreto de Umberto Eco o de Jorge Luis Borges, le rindan homenaje en sus obras.
Un dato de trivia: Mientras que el personaje de Sherlock Holmes fue inspirado por una persona real, un médico victoriano que se distinguía por su habilidad para reunir datos y pistas, aparentemente inconexas, que le permitían diagnosticar y curar enfermedades, en la actualidad, el personaje del Dr. House (un médico que se distingue por su habilidad para reunir datos y pistas aparentemente inconexas para la resolución de casos) fue, declaradamente, inspirado en el famoso detectivo de Conan Doyle.Ejemplar editado por Porrúa que reúne los tres libros de cuentos mencionados (Sepan Cuantos... No. 345). También fue una relectura de orden sanitario.
"El libro de los amores ridículos" de Milán Kundera. Este libro tiene una historia muy particular. A diferencia de los otros, no se trató de una relectura, sino de una lectura primaria. Me lo regaló mi esposa como recuerdo del día que presentó su examen de grado en la maestría de la Facultad de Psicología. Resulta que ese día justamente, el 19 de junio, se cumplían 40 años de la publicación original de éste, uno de los primeros libros "decisivos" de Kundera. Es innecesario que repita otra vez mis muy repetidas alabanzas hacia el genio checo de la narrativa psicosocial. Prometo dedicarle un espacio a la reseña específica de este libro. Edición de Tusquet.
Con menos suerte que los anteriores, pues no los leí por completo, pasaron también por la sala íntima de lectura los "Cuentos escogidos" de Chejov, "El libro de arena" de Borges, el primer ejemplar de los "Cuentos completos" de Asimov y "La isla del día de antes" de Umberto Eco. Aclaro que todos son libros previamente leídos y que sólo se libraron de la relectura mornárquica, y los textos de Borges y Chejov los leí de todas maneras, aunque no en el cuartito.
Anteriormente, aunque de forma más esporádica y alternando su lectura con los mencionados periódicos y revistas en los meses de enero a marzo, también tuvieron su espacio en la minibiblioteca del queso cortado: "El hombre duplicado" de Saramago, y "El evangelio de Lucas Gavilán" de Vicente Leñero.
¿Por qué ahí? Porque he tenido mucho trabajo, y es casi el único momento que puedo dedicar a la lectura; y prefiero leer ahí que no leer.
Y en forma atípica (para mí) de cerrar un texto, les dedico esta canción de Charlie Sheen:
Por cierto, y aprovechando el viaje, los invito a ver los videos de mis alumnas y alumno de 8avo semestre cuando hicieron sus predefensas.
martes, 22 de abril de 2008
Día del libro
El 23 de abril es la fecha en que se conmemora la muerte de dos grandes escritores: Cervantes y Shakespeare. No; no murieron el mismo día pero sí en la misma fecha, sólo que una perteneciente al calendario gregoriano que usamos actualmente, la de Cervantes, y la otra al calendario juliano: la de Shakespeare, quien para nuestro calendario murió el tres de mayo. Eso sí: ambos fallecieron el año de 1616.
Como una forma de honrar a estas grandes figuras, la UNESCO estableció el 23 de abril como el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, fecha que en mucho pasa desapercibida en nuestra comunidad a causa de las muchas y difusas celebraciones del libro y la lectura que, dicho sea de paso, suelen revestirse de actividades comerciales y eventos para la toma de fotografías de funcionarios que por única ocasión en el año tienen un libro en sus manos.
Como sea. Lo importante es que la fecha no pase desapercibida, y la mejor celebración será leer un libro y recomendar un libro a alguien. También podemos aprovechar la ocasión para deshacernos para siempre de esos libros fotocopiados que están dañando el patrimonio y violentando los derechos de algún autor.
En breve: Lee un libro. Recomienda un libro. Evita las copias ilegales.
Feliz Día del Libro.
lunes, 31 de diciembre de 2007
Espirales
Pero no escribo para hacer una apología, que poca falta le hace al texto de Coll, sino para reflexionar sobre mi experiencia particular de lectura con ese libro. Te comentaba que lo he leído en varias ocasiones: la primera fue en un curso de la escuela de graduados que dejé trunco; en ese momento me llamaron la atención los catálogos de verbos para la enunciación de diferentes tipos de objetivos que, aunque el autor mismo descalificaba por la excesiva simplificación a la que se prestaban, me parecieron una excelente herramienta para enfrentar las tareas de revisión curricular en que me encontraba inmerso en esos momentos ante la inminente llegada de una reforma en los Planes y Programas de la Normal Superior. Posteriores tareas académicas me hicieron volver a ese libro que, dentro del mismo proceso de adopción teórica y recomendación a terceros, he tenido que reemplazar dentro de mi biblioteca en repetidas ocasiones.
Lo interesante de todo esto es que cada vez que leo el libro me encuentro con nueva información y nuevos elementos de reflexión (por lo tanto llego a conclusiones diferentes) que no había encontrado en lecturas anteriores. Esto no es en realidad ningún misterio, pues sabemos que el acto de recepción a todo texto es diferente dependiendo del contexto, conocimientos y experiencias previas del lector, aún cuando se trate del mismo lector acudiendo en diferentes momentos a un mismo texto (mira cómo en mi adolescencia El principito me pareció una hermosa lección de vida, con el tiempo llegue a considerarlo una bella metáfora de la cultura, y en la actualidad me parece una cursi e incoherente alusión a cosas que se pueden decir de otra manera). El problema es que nuevas interpretaciones a un texto que en el pasado me llevó a tomas ciertas decisiones me dicen que esas decisiones fueron erróneas.
Sé que no estoy dispuesto a ello, y sin embargo en su momento tendré que reconocer que estaba equivocado y que había entendido mal la teoría; porque esa actitud es la única que nos puede hacer evolucionar como individuos, como grupo y como cultura. Empecinarnos en una mentira, en un error o en una postura como una forma de preservar el estatus es una forma de contribuir a la debacle de la cultura. Saber reconocer nuestros errores y actuar en consecuencia es una vía para el crecimiento y un signo de madurez.
Te lo voy a decir para que no te quedes con la duda: yo afirmaba que los objetivos de ejecución no existían y que se trataba de actividades(vg: Participarán en una mesa redonda.); no es cierto: es posible establecer actividades a desarrollar (en forma eficiente, por supuesto) como objetivos de un currículum, un curso o una actividad. ¿Te parece una bobería? No lo es tanto cuando lo que planificas incide en la formación de unos futuros profesionales cuyos actos incidirán en el futuro de cientos (tal vez miles) de adolescentes.
A la hora en que concluyo de escribir este post ya ha iniciado el Año Nuevo 2008 en lugares como Australia, Nueva Zelanda y Japón. No voy a desearte felicidad y riqueza. Mejor te invito para que aproveches esta oportunidad, por lo demás absolutamente convencional, para asumir una actitud reflexiva y responsable sobre tus actos y tus ideas. Enfrenta la responsabilidad de esta relación dialéctica con la sociedad y con la cultura, y disponte a hacer tu aportación diaria para hacer de este mundo un mejor lugar para nosotros, nuestros hijos, y el resto de la humanidad.
Que el mundo lo constituimos todos.
Éxito en el 2008.
martes, 18 de septiembre de 2007
Textos sentidos y sentido textual
Visto de otra manera: puede ser que escuche una canción y le entienda perfectamente, pero su mensaje me sea completamente indiferente, hablamos entonces de comprensión sin construcción de un sentido; por el otro la'o, en ocasiones me fascina una canción en inglés que no entiendo pa' na', pero me parece muy emotiva (-¡No pongas esa, porque me meo! -¿Qué dice? -No sé, pero me meo.), entonces estoy viviendo un proceso de construcción de un sentido, aunque no tenga la menor proximidad con la comprensión del mensaje, cuyo contenido es generalmente intuido a partir de un título. Por cierto, algo parecido me pasa a mí con las canciones de Alejandro Sánz, me gustan mucho, pero el puto habla como si tuviera diarrea en una fila de 20 antes de llegar al baño, así que habitualmente no le entiendo ni madres.
La recepción o construcción del sentido es un proceso que se manifiesta con mayor facilidad en la relación con los textos poéticos. He tenido alumnas de secundaria que alucinan fervorosamente con los poemas y sonetos de Sor Juana, aunque no les entiendan "jota". Hay gente que puede enamorarse de libros que no ha leído completos. También hay gente que habla de los libros como si los hubiera leído, aunque sólo saben de ellos lo que han escuchado o leído en las solapas, pero eso es otra cosa.
Lo otro, lo de comprender sin llegar a la construcción de un sentido, es frecuente que se presente en relación con los textos informativos, como en el caso de las noticias: te enteras de que algo ocurrió, entiendes perfectamente qué ocurrió, por qué, y qué consecuencias tuvo, pero no te significa nada en lo personal, te tiene sin cuidado. Como cuando muchos maestros presentan su tema y los alumnos dicen por lo bajo: "Sí, sí. Eso está muy bien, pero para qué carajos nos sirve".
Leí este domingo un texto de Pérez Reverte que me ayudó a resignificar en lo personal la importancia de comprender y otorgar un sentido a los textos (el sentido, ¿se otorga o se extrae? de eso te hablaré posteriormente). Cito (el remarcado es mío):
Estoy sentado en una terraza, leyendo junto al viejo puerto del castillo del Huevo, en Nápoles. Y me digo que los libros sirven, entre otras cosas, para amueblar paisajes. Llegas a tal o cual sitio, aunque nunca antes hayas estado allí, y las páginas leídas permiten ver cosas que otros, menos afortunados o previsores, no son capaces de advertir. Un islote despoblado y rocoso del Mediterráneo, por ejemplo, es sólo un pedrusco seco cuando quien lo contempla desconoce las peripecias de Ulises y sus compañeros. Sin Lampedusa y su Gatopardo, Palermo no sería más que una calurosa e incómoda ciudad siciliana. Quien viaja a México ignorando los textos de Bernal Díaz del Castillo o de Juan Rulfo, no sabe lo mucho que se pierde.Entonces, como me han dicho que escribió Freyre (yo nunca lo he leído): "Leer no es sólo leer-leer, es transformar el mundo a través de lo leído". Perdóname si la cita no es textual, en todo caso, supongo que es el sentido el que prevalece; y de eso estamos hablando.
Mucho texto para un post. Leete a Oscarín, le rinde un homenaje muy sentido a su padre; leete a Ileana, habla de una maravilla de experiencia en la forma en que puede hablar de una experiencia maravillosa quien la sabe reconocer; leete a Josué, nos platica lo que ocurre con la gente que se anquilosa en sus anquilosadas prácticas docentes; leete un libro, te habla al oído. Y si quieres leerte a Reverte, aquí te dejo la dirección: Artículo completo.
martes, 24 de julio de 2007
Lecturabilidad
Para abrir boca te puedo decir que las aventuras de Harry Potter tienen más lecturabilidad que las narraciones de García Márquez. Esto nos da un par de indicadores para descifrar el concepto: no tiene relación con las características estéticas o literarias (a la Rowling no le van a dar nunca el Nobel de literatura... y para lo que le importa), y su medición debe hacerse de manera estadística.
Toma en cuenta que cualquier texto publicado en un medio arbitrado (donde un lector experto o un comité editorial tuvo que aprobar la publicación) es necesariamente legible; en medios no arbitrados como la Internet o las autoediciones, privadas o institucionales, es frecuente encontrar textos con bajo índice de legibilidad, pero esa es otra historia.
La lecturabilidad es definida por Kaufman y Rodríguez (La escuela y los textos, Santillana Aula XXI, 2001) como "la vinculación entre los intereses y habilidades del lector por un lado y las características temáticas y retóricas de los textos por el otro". Dicho de otra manera, un texto tiene lecturabilidad para un tipo de lector, los adolescentes de una secundaria ubicada en un barrio de clase media por ejemplo, en la medida en que el tema les resulta atractivo y la forma de presentarlo es legible en relación con sus habilidades lectoras. Leer a Borges, por ejemplo, resulta relativamente simple para un lector experto y con un nivel estandar de cultura, pero es una tarea tediosa y poco gratificante para la mayoría de los adolescentes mexicanos; Entonces, estadísticamente, los textos de Borges poseen un nivel muy bajo de lecturabilidad entre los adolescentes.
Algunos de los indicadores de la lecturabilidad del texto, todos en relación con un presunto lector, son: a) Vinculación del tema con sus intereses, b) Relación del contenido con sus conocimientos y experiencias previas, c) Familiaridad con el léxico empleado, d) Longitud de las palabras, e) Longitud de las frases -ojo, no de las oraciones-, y f) Longitud de los párrafos. O sea que el tamaño sí importa, y pequeño es mejor... al menos para un lector novato. En medios editoriales se consideran otras variables como tamaño y tipo de letra, colores, ilustraciones, etcétera, también como criterios de lecturabilidad.
Porque así es la cosa, para un lector experto prácticamente cualquier texto tiene lecturabilidad, con la única limitación del campo de interés y el nivel de conocimientos previos en el tema; en cambio, para un lector con poca experiencia se deben considerar aspectos de adecuación, gramática, estilo y presentación muy específicos. Un ejemplo en concreto: a quien lee poco le asustan los textos con letra muy pequeña y sin ilustraciones.
¿Vas captando el hilo? Un texto debe poseer legibilidad que es un conjunto de propiedades textuales, lecturabilidad que es un conjunto de características de relación contextual, y un tercer atributo que se llama comprensibilidad. Pero de ello te platicaré después. Por ahora trata de encontrarle la legibilidad y la lecturabilidad a este texto.
lunes, 23 de julio de 2007
Legibilidad
Ya sabes, lo de siempre, como cuando platicas con alguien; procuras usar palabras que el otro va a entender, dices las cosas en forma que suenen lógicas y procuras que haya cierta fluidez en tu conversación. Dicho de otra manera, le otorgas a tu discurso adecuación, coherencia y cohesión, que son los términos que usamos los maestros de lengua para nombrar a esas características de los textos. Estas tres propiedades están tan relacionadas con el contenido (lo que estás pensando al momento de hablar y tratas de transmitir) que yo diría que son las más importantes. Digo, saber ligar palabras, la gramática, también es importante, pero si no tuvieras ya un dominio de la gramática no podrías hablar nuestra lengua, y punto.
Otras dos propiedades del texto (que esto es hablar con propiedad), son el estilo y la presentación, donde, como con los parados que permiten que se nos reconozca de lejos, cada quien tiene su propia forma de hablar y (cuando la escuela no nos ha jodido convirtiéndonos en replicantes) su forma particular de redactar. Así como nadie habla igual a otra persona (parecido puede ser, pero no igual), nadie plasma sus ideas por escrito igual que otros. La presentación es simplemente la forma que se le da al texto para adaptarlo a las necesidades de comunicación: formal-informal, planeado-espontáneo, oral-escrito, extenso-breve, etcétera. Y mira: en un mundo racional, donde se respeta al pensamiento y a la creatividad, la forma queda supeditada al contenido y a los propósitos; así es como debiera ser.
Pero (e inicio párrafo con una conjunción) en el bendito inframundo en que laboro, centro formador de docentes que debiera privilegiar a la razón y combatir dogmas y servidumbres y promover la creatividad (injustificable polisíndeton), se otorga una incomprensible (bueno, no tanto) e injustificable (reduplicación cacofónica -y epíteto deleznable-) primacía a la forma sobre el contenido en la elaboración de textos académicos, pasando por los multiformes y policondicionales ensayos, hasta llegar al mitificado documento recepcional; decepcional que le dicen los elaborantes o perpetradores.
Y es que elementos de presentación, mero formulismo y formatismo, son la ortografía, extensión de frases y párrafos, tamaño y tipo de letra, márgenes, estilo de citado y de referenciado (principal contribución de los psicólogos a la academia, unas normas APA que son usadas como camisa de fuerza para la creatividad). ¿Sabes por qué los responsables se fijan tanto más en la forma que en el contenido? Simple. Porque es más fácil revisar formas que entender-interpretar-aportar a contenidos.
Ahora tenemos alumnos que al llegar a cuarto año tienen que olvidarse de todo lo que aprendieron sobre el trabajo escolar de tres años y volverse expertos en algo que se les exige hacer sin que se les haya enseñado en ningún momento (y conste que si el currículo no lo contempla ha de ser por algo): hacer reportes de investigación (son reportes de investigación aunque los obliguen a quitarles las marcas textuales que los identifican como tales). De la forma en que los restringen y conducen para escribir los contenidos ya te platicaré en otra ocasión.
Por ahora, lo que me interesa decirte es que un texto legible es aquel que se puede leer; ese donde el autor plasma sus ideas, experiencias y expectativas. Y yo pienso que en nuestra sociedad necesitamos maestros que sepan enseñar y después hacer textos legibles donde hablen de sus experiencias.
No creo, en cambio, que necesitemos de tantos Licenciados en Elaboración de Documento Recepcional.
¿O tú qué opinas?
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